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Yōkai: guía a las criaturas del folclore japonés

El folclore japonés está poblado de yōkai: criaturas que no son ni del todo buenas ni del todo malas y que arrastran siglos de historias. Te presentamos a las más famosas, de dónde vienen sus nombres y qué leyendas las acompañan.

Antes de que el manga y el anime los pasearan por el mundo, los yōkai ya habitaban los ríos, los bosques y las montañas de Japón. La palabra se escribe 妖怪, uniendo el carácter de lo misterioso y seductor (妖) con el de lo extraño y aparecido (怪): algo así como "aparición inquietante". Y lo bonito es que no se dividen en buenos y malos. Los hay traviesos, protectores y también peligrosos, y muchos cambian de bando según la región o la historia que se cuente.

¿De dónde salen?

Sus raíces están en el animismo del sintoísmo, la idea de que un espíritu, un kami, puede habitar en un zorro, una piedra, un árbol viejo o un recodo del río. Durante siglos fueron cuentos orales para explicar lo inexplicable: una muerte en el agua, un ruido en el monte, una ventisca traicionera. Fue en el periodo Edo cuando los artistas del grabado (ukiyo-e) les dieron cara y los catalogaron casi como un bestiario, fijando las imágenes que hoy reconocemos al instante. Estos son los más célebres.

Oni

Los ogros clásicos: enormes, de piel roja o azul, con cuernos, colmillos y un garrote de hierro con pinchos (kanabō). Son los villanos de mil cuentos y los carceleros del infierno budista, aunque el Japón moderno también los lee como símbolo de fuerza bruta y protección.

Los vas a "conocer" sin querer en la fiesta de Setsubun, a principios de febrero, cuando las familias lanzan judías de soja por la casa al grito de "¡oni wa soto, fuku wa uchi!" ("¡fuera demonios, adentro la fortuna!"). Y sobreviven, muy vivos, en el Namahage de la península de Oga, en Akita: hombres con máscara de oni que en Nochevieja van casa por casa asustando (en broma) a los niños para que se porten bien. Es Patrimonio Inmaterial de la UNESCO.

Kitsune

Zorros mágicos cuyo poder crece con la edad hasta lucir nueve colas (kyūbi). Están unidos al dios Inari, el del arroz y la prosperidad: son sus mensajeros, y por eso las estatuas de zorro guardan la entrada de los miles de santuarios Inari, los de los túneles de torii rojos como el célebre Fushimi Inari de Kyoto.

Pueden ser guardianes fieles o embaucadores que toman forma de mujer hermosa. La leyenda de Kuzunoha cuenta la de una zorra que se casó con un hombre y fue madre del legendario adivino Abe no Seimei. Y la de Tamamo-no-Mae, una zorra de nueve colas desenmascarada en la corte, que al ser vencida se transformó en la "Piedra Asesina" (Sesshō-seki), un peñasco venenoso en Nasu. Detalle asombroso: esa piedra existe de verdad y se partió en dos en 2022, lo que desató una oleada de bromas sobre la zorra "liberada".

Kappa

Una criatura de ríos y estanques, con aspecto de cruce entre tortuga y niño, y un plato de agua en la cabeza que es su fuente de poder: si el agua se derrama, se queda sin fuerzas. De ahí el truco de las leyendas: como son muy educados, basta con hacerles una reverencia para que, al devolverla, vuelquen el plato.

Su nombre, 河童, significa literalmente "niño del río", y no es casualidad: en origen era una forma de advertir a los pequeños del peligro de acercarse al agua. Se le atribuye, además, una pasión por los pepinos; por eso el rollito de sushi de pepino se llama kappamaki. Terrorífico y entrañable a la vez.

Tengu

"Perros celestiales" (天狗): guardianes de las montañas, mitad ave y mitad hombre, de cara roja y nariz larguísima, maestros de las artes marciales que castigan sobre todo un pecado, la arrogancia. Se les asocia al Shugendō, el ascetismo de montaña.

Su rey, Sōjōbō, vive según la tradición en el monte Kurama, al norte de Kyoto, cuyo templo todavía lo venera; cuenta la leyenda que allí entrenó a un joven guerrero que llegaría a ser un héroe. Subir esa montaña al atardecer, entre cedros enormes, es entender de golpe por qué alguien imaginó espíritus alados vigilando desde las copas.

Yuki-onna

La "mujer de las nieves" (雪女): alta, pálida como la escarcha y bellísima, envuelta en un kimono blanco y con el pelo largo y negro. Aparece en las ventiscas del norte y congela a los viajeros con su aliento, aunque a veces perdona una vida a cambio de una promesa.

Su primera mención escrita se remonta al siglo XIV, pero se hizo célebre en todo el mundo gracias a Lafcadio Hearn, el escritor que se enamoró de Japón hasta nacionalizarse, que la recogió en su libro Kwaidan (1904) de boca de un granjero. En su versión, se aparece a dos leñadores atrapados por la nieve. Es, quizá, el yōkai más poético: la naturaleza misma hecha figura, hermosa e indiferente, capaz de salvarte o de matarte con el mismo gesto.

Tanuki

Los perros mapache, animales reales elevados a leyenda: cambiaformas joviales y bromistas más que malvados, muy aficionados al sake. Sus travesuras son casi siempre inofensivas: se transforman en monje o en anciano, imitan voces, dejan hojas disfrazadas de dinero.

Los reconocerás por sus estatuas panzudas de cerámica —las clásicas son de Shigaraki—, con sombrero de paja y una botella de sake en la mano, plantadas a la entrada de tiendas y restaurantes como amuleto de buena fortuna. Donde el kitsune es elegante y peligroso, el tanuki es el amigo bonachón que ya ha bebido un par de más.

Siguen muy vivos

Hoy casi nadie cree literalmente en ellos, y sin embargo los yōkai están por todas partes: en los festivales, en las máscaras de los santuarios, en el zorro y el tanuki estampados en las bolsas de aperitivos. Son la manera en que Japón le puso rostro a lo que no entendía —el río, la montaña, la ventisca, la muerte— y siguen siendo una de las puertas más hermosas a su imaginación.

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