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Seis datos de Japón que parecen inventados (pero son reales)

Hay datos de Japón que suenan a leyenda urbana y sin embargo son ciertos. Los hemos verificado uno a uno, con su origen y su historia detrás. Aquí van seis que probablemente no te creerás del todo.

Japón tiene una habilidad especial para producir datos que suenan a broma y resultan ser verdad. Hemos elegido seis y los hemos contrastado en varias fuentes, porque de estos circulan muchas versiones infladas. Estos son reales, y además tienen detrás una historia que los explica.

En Navidad se cena… KFC

En un país donde menos del 2% de la población es cristiana y la Navidad ni siquiera es festivo, la cena del 24 de diciembre para millones de familias es un cubo de pollo frito del KFC. No es una leyenda.

La historia tiene nombre y apellidos: Takeshi Okawara, gerente del primer KFC de Japón, abierto en Nagoya en 1970 tras el éxito de un puesto de prueba en la Expo de Osaka. Según se cuenta, oyó a unos clientes extranjeros lamentarse de que en Japón no había pavo para Navidad, y vio el hueco. La idea, primero local, se convirtió en 1974 en la campaña nacional "Kurisumasu ni wa Kentakkii" ("Kentucky para Navidad"), y caló como pocas: hoy unos 3,6 millones de familias lo cenan cada 25 de diciembre, las ventas navideñas suponen alrededor del 5% de la facturación anual de la cadena en el país, y el cubo se reserva desde principios de noviembre. En diciembre, las estatuas del Coronel Sanders a la puerta de cada local aparecen vestidas de Papá Noel.

Una tradición inventada por el márketing que, a fuerza de repetirse, se volvió tan real como cualquier otra.

El Kit Kat que da suerte

En japonés, "Kit Kat" suena parecido a kitto katsu, una expresión que viene a decir "seguro que ganas" o "seguro que lo consigues". Por esa casualidad fonética, la chocolatina se convirtió en el amuleto que se regala a los estudiantes la víspera de un examen importante.

Lo curioso es que la costumbre nació sola, entre la gente, y la marca acabó abrazándola encantada. Y como guinda cultural: a lo largo de los años se han lanzado en Japón más de trescientos sabores distintos, muchísimos de edición limitada o regional, pensados como omiyage (el regalo típico que se trae de un viaje). Los hay de té matcha, boniato morado, sake, wasabi o fresa de una prefectura concreta. Coleccionarlos es medio deporte nacional.

El 4 y el 9 traen mala suerte

Aquí la culpa vuelve a ser de cómo suenan las palabras. El número 4 (shi) se pronuncia igual que "muerte" (死), y el 9 (ku), igual que "sufrimiento" o "dolor" (苦). Por eso muchos hospitales y hoteles se saltan directamente esas plantas y esas habitaciones, no se regalan cosas agrupadas de cuatro en cuatro, y hay quien evita el número en matrículas o regalos.

Es, básicamente, el equivalente japonés a nuestro martes 13, pero apoyado en el idioma en lugar de en la superstición del calendario. Un recordatorio de que en Japón el sonido de las palabras pesa, y mucho.

Máquinas expendedoras hasta al pie del monte Fuji

Japón tiene la mayor densidad de máquinas expendedoras del mundo: alrededor de una por cada 30 personas. Las cifras bailan según qué se cuente —unos 3,9 millones de máquinas automáticas en total, de las que en torno a 2,6 millones son expendedoras propiamente dichas—, pero el titular se mantiene por goleada.

¿Por qué tantas? Por una mezcla muy japonesa: un índice de delincuencia bajísimo que permite dejarlas solas en la calle toda la noche, el coste de la mano de obra, la densidad urbana y una población que envejece. Y no solo venden refrescos: hay máquinas de caldo dashi caliente, de oden, de huevos, de flores o de paraguas. Las encontrarás en un callejón dormido, dentro de una estación y hasta a los pies de las rutas de senderismo del monte Fuji, soltando una lata de café calentito en mitad de la montaña.

Los niños limpian su propio colegio

En los colegios japoneses no hay personal de limpieza para las aulas: lo hacen los propios alumnos. Cada día, como parte del horario, los niños (y los profesores con ellos) dedican unos quince o veinte minutos al o-souji: barren su clase, friegan los pasillos y hasta limpian los baños, repartidos por turnos.

Y no es un castigo, sino todo lo contrario: se considera parte de la educación. La idea es que, si tú ensucias y tú limpias, aprendes responsabilidad, trabajo en equipo y respeto por los espacios que compartes. Es la misma filosofía que explica por qué las calles y los estadios japoneses acaban tan limpios: el cuidado de lo común se enseña desde pequeños, con una fregona en la mano.

Trenes que piden perdón por 20 segundos

La puntualidad de los trenes japoneses es de otro planeta, y no es un tópico. El retraso medio del tren bala a lo largo de todo un año ronda el minuto —muchos años se queda por debajo—, y eso contando tifones, terremotos y nevadas. Para que te hagas una idea del listón: allí un tren se considera "con retraso" si llega más de un minuto tarde.

El detalle que lo remata son las disculpas. Ha habido comunicados públicos y formales de compañías ferroviarias por que un tren saliera 20 o 25 segundos antes de la hora prevista (pasó en 2017 y en 2018), porque adelantarse puede dejar en tierra a alguien que llegó puntual. Detrás de esa obsesión hay una idea bonita: el horario no es una sugerencia, es una promesa colectiva, y varios millones de personas organizan su día confiando en ella.

No te los creías, ¿verdad?

Lo mejor de estos datos es que ninguno es una exageración de folleto: son parte de la vida cotidiana japonesa. Y todos, mirados de cerca, cuentan lo mismo sobre el país: que el detalle, la seguridad y el respeto por lo común se cuelan hasta en el pollo de Navidad y en la máquina de la esquina.

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